Ver todas



Uno. Esta es una postal desde los años tiernos: enero de 1991, en San Bernardo, una playa ventosa de Buenos Aires donde los adolescentes de clase media con aspiraciones vamos a veranear. Yo tengo quince años y estoy fascinada. Ni se me ocurre pensar que hay adolescentes con mucha más clase que yo y veranean en lugares cercanos como Pinamar o, en el justo extremo high de clase, en Punta del Este, Uruguay. Para mí, con quince años y la posibilidad de que mis padres me dejen salir todas las noches –porque tan pequeño es San Bernardo, tan familiar-, esta playa es lo más.
Terminé tercer año de colegio y mis padres me dejaron traer a Mariela, una amiga. Este verano todo es prometedor: todo está por delante de nosotras, todo puede suceder. Lo sé porque mi libro de cabecera ese verano es Rebeldes (The Outsiders) de Susan Hinton, en una mala pero conmovedora traducción. Ponyboy Curtis, el protagonista, tiene también mi edad y juntos leímos por primera vez Nothing gold can stay, el poema de Robert Frost que encerraba la que ahora sé –pero a los quince también sabía- era la enseñanza más importante de mi vida: “De la naturaleza su primer verde es oro/ su matiz mas difícil de asir./ Su primera hoja es flor/ pero por una hora tan sólo/ Luego la hoja en hoja queda/ Así se abate el Edén de tristeza / Así el día se sume en el atardecer/ Nada dorado puede permanecer.”
Así que yo había decidido, como Ponyboy, sabiendo bien que es imposible, permanecer dorada para siempre.

Dos. Era verano, las preocupaciones de los padres se aflojaban, y era fácil mirarse al espejo y sentirse divina, prometedora. Quiero salir todas las noches, bailar todas las noches. Es verano, el olor del mar y la arena, el viento de San Bernardo bronceándonos el rostro, un vestido azul con lunares blancos, todo me hace feliz. Me hace sentir dorada. Me hace sentir que ensancho las puertas de mi percepción, aunque apenas entiendo a Huxley y por supuesto que –aún- no he probado ninguna droga. Bailar. Yo amo bailar. A Depeche Mode, a Morrisey, a The Cult y a toda la música electrónica que se llamaba, en ese momento, “marcha”. Apenas bocetos de sintetizadores, el remix como privilegio de la tecnología y nada de gafas de sol en la pista. Salimos todas las noches que nos dejan para volver al amanecer –que parece decir: ¡carpe noctem!¡hemos gozado de la noche para entrar a gozar el día!- , y conocemos a todos los chicos que se nos cruzan, que pululan por Avenida San Bernardo y Chiozza entre la playa, el bar de moda y la disco. Todos son como nosotras: están viviendo, sin duda, el mejor verano de sus vidas.

Tres. No fue una noche especial por nada: no fue esa noche que conocí al niño de dieciséis años que se llevó mi calzón de recuerdo, ni aquella otra cuando al amanecer nos fuimos a desayunar y yo corrí a leer la tapa del diario y sí, Bush –cuando aún no era Bush padre- , había cumplido su ultimátum y atacado Irak. No. Fue una noche cualquiera. Tenía un minishort negro, una camiseta de breteles negros y tacos, como casi todas las chicas de quince que estaban en The Box, la disco. Feliz como nunca volví a estarlo en una pista de baile: tenía a Mariela y otras amigas alrededor, a un chico que me gustaba cerca, la música me transportaba. Y por un instante sentí que lo tenía TODO, que la vida era una gira mágica y maravillosa, que sólo tenía que dar un paso, cruzar el espejo, empezar el futuro. Y entonces tuve que sentarme, porque las piernas me temblaban, porque no podía aguantar parada tanta felicidad, porque el tiempo era polvo de diamante escurriéndose entre mis dedos y porque Ponyboy y yo teníamos razón.

Coda. Quince años después, bastante cansada, voy a una fiesta que se llama AET (Ahora Entiendo Todo), sobre la costanera ventosa del río, en Buenos Aires. Voy porque las organiza Fernando, un abogado penalista y profesor de derecho que -ahora que entiendo todo- pienso que también debe haber conocido a Ponyboy en sus años tiernos. En medio de la pista, bailando y saltando, contagiándose de la energía del otro, como en el carnaval donde todo el mundo puede ser, en el espacio de una noche, uno, otro, todos; Fernando indicó algo y el DJ puso un remix de Depeche Mode: “Todo lo que siempre he querido/ Todo lo que siempre he necesitado/ está aquí/ en mis manos”. El poema de Frost, desaparecido por largo tiempo de mi memoria, volvió como un relámpago, hilado en mi memoria al recuerdo de otras noches bailando esa música. Tuve que sentarme porque las piernas me temblaban y a Ponyboy Curtis, dondequiera que estuviese, también.


Ver todas


 
Todos los que tengan fotos o videos de una AET y quieran publicarlos, pueden enviar el material a info@aetlink.com
 



© AETLink. Todos los derechos reservados.